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LA RELATIVIDAD DEL TIEMPO

Nepal, 11 de Abril de 2005.

Queridos amigos del Ecuador y del mundo.

Les envío esta crónica desde una parte del camino, en el acercamiento al Campo Base del Dhaulagiri a 3 536 m . de altitud. No puedo dejar de mencionar la profunda pena que siento por todos los acontecimientos políticos que hoy vive mi querido Ecuador. Reciban desde aquí mis más sentidos deseos de que la situación mejore; que de una vez por todas sea el compromiso del amor al país, el que muestre las directrices del rumbo que hay que seguir. Yo desde aquí, en la Cordillera del Himalaya me comprometo, DIOS mediante, a enviarles buenas noticias de este proyecto que es mío y de ustedes: DESAFIO 14 .

Amigos, esta vez se me ha ocurrido usar como figura literaria de estas crónicas, las cartas que escribo para Karma, para esa Karma que todos y todas tenemos, para esa existencia real o imaginaria que nos anima, que nos hace soñar, que nos canta, que nos quiere, que nos ama, que es nuestra amiga y nuestra cómplice. Voy a dirigirlas a esa Karma, que aunque quizás no ha llegado todavía, sabemos que está en camino. Para mi se llama Karma. Ustedes escojan el nombre.

Una cosa más, amigas y amigos, si quieren responder a esta u otras crónicas, les pido un favor enorme: solamente envíen su mensaje y borren el que han recibido , de ese modo recibiré sus noticias rápidamente y podré responderles, como es mi deseo.

Con mi gran afecto.

 

Desde algún sitio camino a la cordillera del Himalaya.
9 de Abril de 2005

Querida Karma.

Yo sé que te hubiera gustado que nos diéramos un último beso antes de despedirnos, pero precisamente por eso no te lo di, pues al hacerlo hubiéramos confirmado que tenía sabor de larga despedida; preferí mirarte a los ojos, verte bien hasta hundirme en la negrura de tu cabello y decirte, acercándome a tu oído: subo dos montañas, bajo y nos volvemos a ver enseguida. Después de darte un abrazo me quedé con el olor de jazmines que me dejaste en la mejilla. Solamente alcé la mano y te dije chao. ¿Te acuerdas? Le mostré al guardia de la puerta de ingreso el boleto de avión, el pasaporte y desaparecimos, tú quedándote allá y yo viniendo hacia acá.

Ahora te escribo desde un punto en medio de las montañas; nos ha tomado cinco días llegar hasta aquí recorriendo un sinnúmero de pliegues verdes, afilados, fértiles y preciosos. Cuando comenzamos esta caminata en Beni a 830 metros de altitud hacía mucho calor y se percibía la humedad; ahora me encuentro a 2 400 metros sentado en la carpa comedor escribiéndote esta carta. Afuera hace frío, los porteadores cocinan en el fuego, así se alimentan y de paso se abrigan; sobre los árboles de rododendros, que a estas alturas tienen unas flores rojas hermosas, brillan miles de estrellas. Desde aquí te escribo, querida Karma, para contarte a partir de mis palabras lo que estoy viviendo, lo que estoy aprendiendo y lo que estoy sintiendo; para que tú, aunque estés al otro lado del mundo llegues hasta acá y hagas conmigo el viaje.

Así que bienvenida a esta travesía por el Dhaulagiri.

 

SOBRE LA RELATIVIDAD DEL TIEMPO:
DE AQUÍ A LAS ESTRELLAS.

Verás, tú y yo hemos crecido en nuestra Sudamérica donde aprendimos el significado y también el valor de la relatividad del tiempo. Debe ser que por las raíces indias, para la gente de nuestros Andes las distancias y los tiempos tienen valores y medidas muy diferentes a las nuestras, de ciudadanos mestizos comunes y corrientes.

Cuando alguna vez, andando por las montañas bajitas de mi pueblo he preguntado a la gente: ¿Donde queda la loma tal? o ¿donde está la cresta cual? inmediatamente he recibido por respuesta: Aquí cerca no más. O si es que en otras circunstancias, a la espera de un transporte que me llevara de vuelta a casa he preguntado: ¿A que hora pasa el carro de la leche? Me han respondido igual de atentos: Ya mismo llega, espere no más.

En ambos casos me quedaba con la duda de cuánto quería decir aquí cerca no más o ya mismo llega . ¿Acaso cien metros, dos cientos metros, un kilómetro, cinco kilómetros? ¿O tal vez cinco minutos, treinta minutos, una hora o un día? Pero en cualquiera de los casos me parecía bonito que quedara bajo mi cuenta la idea de la distancia y del tiempo que faltaban, añadiendo a eso el especial gusto de haber hecho una pregunta, que a la vez tenía y no tenía respuesta.

Ante mis interrogantes lo lógico hubiera sido escuchar: le faltan todavía 2 kilómetros , 320 metros después de girar a la derecha, en aquél recodo donde está ese árbol de eucalipto que mide dos metros y medio. O tal vez: a las 7 y 25 minutos de la mañana, exactamente media hora después de haber recogido los últimos 5 785 cm . cúbicos de leche, de la vaca E-122 .

Pero por fortuna nuestras raíces, querida Karma, no tienen esa lógica ni se canalizan de esa manera y yo, en mi empeño diario de encontrar en la vida siempre el lado positivo, encuentro en esta relatividad del tiempo y del espacio, un lado estupendo. Hoy recuerdo que cuando mis hijos eran pequeñitos y solían preguntarme cuanto les quiero, yo les decía: ¡mucho, mucho! ¿Cómo cuanto es mucho, mucho papi? Como de aquí a las estrellas, se me ocurrió decirles la primera vez. Otras veces, cuando tomaba la mochila para irme a la montaña les decía que les iba a pensar y a extrañar muchísimo. ¿Como cuanto papi? Como de aquí a las estrellas. Así, de esa manera, supongo que ellos aprendieron a descuantificar la medida de los afectos.

Y si en este mismo momento me preguntaras si pienso en ti o si te hecho de menos, respondería que sí. ¿Cómo cuánto? Como de aquí a las estrellas te diría, desde luego.

¿Ya ves que es bonita esta relatividad del tiempo y del espacio, verdad? Que triste sería cuantificar los afectos de tal manera que haya que decir: te quiero exactamente 327 572 unidades o te estoy extrañando 523 872 cifras. No, que bueno que esa no es la manera y sea mejor decir, de aquí hasta las estrellas.

Pero por qué te he echado todo este cuento de la relatividad del tiempo y del espacio, pues para decirte que esa relatividad, aquí en Nepal, también existe pero multiplicada por cien o por mil, no te exagero. Y mi teoría es ésta (he de aclararte que es teoría personal): Aquí en Nepal la gente practica el budismo y el hinduismo, por lo cual cree en la reencarnación; eso significa que deberá reencarnarse en cuantas vidas y cuantas formas fueran necesarias hasta llegar a la existencia plena, ausente de iniquidades, que permita alcanzar el nirvana. Se me ocurre que si pongo como promedio de paso, para quedarse sin culpas 5 vidas, a 70 años cada una, tengo un resultado de 350 años, lo que equivale a 4 200 meses, 126 000 días y 3 024 000 horas (ya ves, nuevamente mi defecto de querer cuantificarlo todo), con lo cual un día, una semana o un mes de espera no son nada, absolutamente nada en medio de semejante infinidad.

Ahora podrás entender porque el otro día, trasladarnos los escasos 200 kilómetros desde Katmandú hasta Pokhara nos tomó tanto tiempo. Los guerrilleros maoístas habían bloqueado la carretera, no había paso y la fila de buses y autos esperando era interminable. Nadie se inmutaba, todos los nepaleses quietitos esperaban sin esperanza y nosotros los expedicionarios occidentales, desde luego, aguardábamos impacientes y desesperados. Cuando le preguntamos a un equipo militar a qué hora podríamos continuar el viaje, la respuesta, en el contexto de esta particular relatividad del tiempo propia de Nepal fue:

Maybe. Posible, tomorrow morning .

Pasaron las horas y tuvimos hambre, que aplacamos con cinco gallinas para los 20 que éramos; nos las comimos con papas fritas, verduras, vegetales frescos, y las acompañamos de una cerveza Everest Special Edition bien friecita . Vino la tarde y el sol cansado de ver la fila de buses que no se movía, se fue a saludarte al otro lado, donde te encuentras ahora.

Efectivamente ese día no fue posible el viaje y regresamos a Katmandú.

Al día siguiente madrugamos nuevamente, que inocencia la nuestra. Otra vez la fila infinita. Ellos durmiendo, comiendo, leyendo el Katmandú Post o jugando naipes en la carretera, y nosotros durmiendo, leyendo, riéndonos, también jugando a los naipes, a sacar fotos, a escuchar música o tomando agua embotellada (marca Everest desde luego) para sofocar el calor. Cuando subido en el techo del bus pude ver la longitud de la fila de espera, se me vino la imagen del relato de La Muralla China de Kafka: allá en ese imperio donde todo era tan grande y tan extenso, una vez el rey envió a su emisario a publicar un nuevo edicto. Cuando éste apenas llegaba a la puerta de salida del palacio para iniciar el viaje, había pasado tanto tiempo que ya la dinastía era otra. Pensando en esa figura yo les pedía a los dioses de aquí, que ojala antes de que este Rey de Nepal, declarado dictador desde el 1 de febrero, cambiara su mandato, nosotros pudiéramos llegar a Pokhara.

Y sí, el domingo 3 de abril a las 8 de la noche llegamos después de 13 horas de viaje, recorriendo velozmente un poco menos de 15 kilómetros por hora.

¿Tienes idea de lo que significa haber esperado 37 horas para llegar a Pokhara, cuando aquí en este bello Nepal tienen que vivir en promedio... de aquí hasta las estrellas?

No es nada, absolutamente nada, querida Karma.

Iván Vallejo Ricaurte

Expedicionario

 

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