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ÚNICA BANDERA EN LA CIMA
Queridos amigos y amigas de Ecuador.
Nepal 18h43 Ecuador 7h54
Cuando les escribo esta nota son las 18h43 del día sábado 23 de abril, estoy en mi tienda cubierto con mi bolsa de dormir color naranja, calentito, sentado, dejando que las ideas ordenada o desordenadamente vengan a mi mente y desde allí, con mi lapicero, las escriba en mi libreta de apuntes. Ahora donde están ustedes (Ecuador) faltan 6 minutos para las 8 de la mañana, unos estarán durmiendo todavía, otros ya se habrán despertado y seguirán abrigaditos dentro de las cobijas, algunos (as) estarán ya caminando, trotando o subidos en la bici esforzándose, sudando, descubriendo o redescubriendo lo maravilloso que es comunicarse con el cuerpo, con el corazón, con los músculos, hablándoles, conversando con ellos para pedirles ayuda y lograr la meta que se han propuesto disfrutando en el intento.
Ustedes están allá comenzando un día de fin de semana, y yo estoy por acá, al final de la tarde del sábado a 4 800 m . de altitud al pie del DHAULAGIRI, después de ubicar el sitio para el campamento II a 6 800 m .
Nepal 21h15 Ecuador 10h30
Acabo de hablar por teléfono satelital con Ecuador y me han contado más o menos detalladamente toda la inmensa cantidad de acontecimientos ocurridos en menos de una semana en mi querido país, en mi querida ciudad. Con qué intensidad han debido vivir todos(as) ustedes estos últimos días, estas últimas horas al reclamar lo que es patrimonio de cualquier sociedad civilizada que se precie de serlo: el respeto y la dignidad.
Es cierto que les escribo desde la Cordillera del Himalaya, al pie del DHAULAGIRI, una de las montañas más altas del mundo ( 8 163 m .), y quizás debería contarles cómo va mi expedición, cómo va el asunto de la adaptación a la altura; en fin, esa serie de detalles concernientes al ejercicio de escalar estas altas cimas; no duden que más adelante podré hacerlo. Pero ahora envío este mensaje, no para participarles esos detalles deportivos, por decirlo de alguna manera, sino para opinar sobre lo que ha acontecido en Quito, en particular y en Ecuador, en general.
¿Y esto por qué?
Porque yo, muchísimo antes de ser montañista he sido y soy un ecuatoriano orgulloso de serlo, a quién le tocó en suerte nacer en Ambato, una ciudad preciosa que me acunó como madre y que luego debió vivir en Quito; ciudad también encantadora, que me acogió como una novia.
Hace unos días cuando realizaba la caminata de acercamiento a esta montaña, con dolor, con profundo dolor hube de enterarme de lo que se pronosticaba como Crónica de una sinvergüencería anunciada (parafraseando al maestro): el regreso del exiliado; y lo pongo así a secas, sin molestarme siquiera, aunque sea sarcásticamente en decir el señor exiliado , porque sería desperdiciar de la manera más inútil semejante título. Yo solía decirles a mis alumnos en la Escuela Politécnica Nacional que llegar a ser ingeniero, licenciado, doctor o lo que fuera es de lo más sencillo; es cuestión de afanarse, de estudiar, de disciplinarse, de quemarse un poco las pestañas y se logra. Esto en el caso de los honestos consigo mismos, pues bien sabido es que llegado el caso hasta se puede comprar un título profesional cuando lo que importa es el fin y no los medios.
Pero el título de SEÑOR hay que sabérselo ganar con honestidad, con transparencia, con integridad y sabiduría. Por esa razón, lo de exiliado a secas.
Cuando me contaron lo de su regreso me sentí ofendido, fue como una bofetada que recibía y con la cual se burlaban de mí como ciudadano. Me daba vergüenza el solo hecho de compartir con mis compañeros de expedición semejante atrocidad, cuando algunos de ellos todavía se acuerdan de que yo tuve un presidente que bailaba con vedettes subido en una tarima. Llegó el exiliado, con todo lo que ello significó para nosotros; y lo que es peor, como Pedro en su casa se creyó con derecho a hablar en el lenguaje propio de su ralea, es más, con el lenguaje único que ha sabido en toda su vida. Se creyó con derecho a abrir la boca para ofender, para desprestigiar y para difamar como siempre estuvo acostumbrado.
Mientras caminaba cruzando el bosque de bambúes camino a esta montaña me preguntaba: ¿Por qué Dios mío más de lo mismo?
Ahora con todos estos hechos, hermanos y hermanas del Ecuador y de Quito, entiendo que ustedes también se hicieron exactamente la misma pregunta, porque el regreso del exiliado fue simplemente la gota que derramó el vaso ante tanto desafuero y tan vasto desatino. Fue por eso que se juntaron las mujeres de Quito, amas de casa, trabajadoras, ejecutivas, jóvenes y niñas con cucharas y cacerolas para reclamar un solo derecho, el de la dignidad. Fue por eso que los colegas de mi género salieron a la calle a gritar, a pifiar y a reclamar.
Sé que hubo sicarios, aunque sean de medio pelo, pero en todo caso contratados para acallar la voz de la dignidad y que allí estuvieron los chicos de la que antes fue mi Alma Mater, la Politécnica, para repeler la agresión.
Sé que al inicio las voces que reclamaban no llegaban al millar, pero que luego fueron creciendo, fueron aumentando hasta llegar a ser cerca de cien mil, y que fue la fuerza de esa voz la que tumbó las vallas, la que avanzó por encima de los represores hasta llegar al Palacio para hacerle temblar al ex mandatario. Fue la fuerza de esa voz, la que empujó a los honorables congresistas a realizar en tres cuartos de hora lo que nunca quisieron hacer en cuatro meses.
¿Qué es lo que les faltaba? ¿Acaso voluntad? Ganas de hacerlo? ¿O es que la fuerza de esa voz era el último recurso?
Sé que hubo muertos, sé que hay heridos también. Reciban desde aquí toda mi solidaridad en este momento de dolor. Hago un balance de lo que me acaban de contar y solamente se me ocurre una pregunta: ¿Por qué ecuatorianos contra ecuatorianos?
No es justo desde ningún punto de vista. Vivimos en la misma tierra, cobijados por las mismas montañas, protegidos por un mismo cielo, con las mismas estrellas y la misma luna, acogidos generosamente por el mismo verdor precioso de esa selva nuestra, abrigados por la misma brisa del Pacífico que lame al país cálidamente desde Esmeraldas al Norte hasta Machala en el Sur. Vivimos en el mismo pedazo de tierra que nos ha tocado en suerte, en esta parte de Sudamérica y de Latinoamérica, hablamos el mismo idioma, pero sobre todo, somos ecuatorianos. Me pregunto entonces por qué nos embarcamos en estas luchas intestinas, si suficiente tenemos con todo lo que hay que hacer por el país, en conjunto, para auparlo, impulsarlo y llevarlo a la cima.
Sin embargo, a la cima no se llega pisoteando a los demás, a ese lugar se llega primero venciéndose a uno mismo y luego apoyándose unos a otros con voluntad, con entrega y con generosidad, teniendo COMO ÚNICA BANDERA la de arribar juntos al punto más alto. Allá no se debe ascender por el deseo de poder, ni amparados en la vanidad. ¿Seremos capaces hermanos y hermanas de llegar a la cima, si estamos luchando ecuatorianos contra ecuatorianos?
Queridos amigos y amigas, DIOS mediante en unas semanas llegaré a la cumbre de la séptima montaña más alta del mundo. De hacerlo, es mi compromiso llevar la bandera de mi país en honor y en dedicación a todas las mujeres de Quito y del Ecuador, desde las más adultas hasta las niñas, quienes con las cucharas y las cacerolas hicieron que la voz que reclamaba la dignidad fuera más aguda y escuchada.
Ese es mi compromiso desde la Cordillera del Himalaya.
Con mi gran afecto desde el Campamento Base del DHAULAGIRI.
Iván Vallejo Ricaurte.
Expedicionario
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