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MIENTRAS CAE LA NIEVE
Campo Base Dhaulagiri.
Domingo 1 de mayo, 2005
Queridos amigos:
Les escribo hoy domingo 1 de mayo, día del trabajo, desde el CB, en esta prolongada estancia esperando que deje de nevar en las tardes y por fin podamos continuar con nuestro proceso de ascensión.
Ayer hicimos un intento de subir al CII, pero apenas llegamos al CI, empapados completamente por la nieve que no dejó de caer en toda la mañana. Con el rabo entre las piernas y en la humedad total regresamos al CB. Después de cambiarme íntegramente de ropas, tome la libreta de apuntes y les escribí esta crónica para contarles la rutina que estamos viviendo desde hace seis días. Esto que van a leer es lo que sucede en un día; solamente multiplíquenlo por seis y tendrán la receta de la última semana.
Lo entrego a ustedes, con mi gran afecto.
MIENTRAS CAE LA NIEVE
No sé donde iniciar la historia de esta rutina que ya va por su sexto día, sabiendo que todavía hay para más; al fin y al cabo da lo mismo porque terminaré siempre en medio de la nieve.
Se me ocurre comenzar por la noche, después de la cena, cuando me dirijo desde la tienda comedor a mi carpa personal. Recorro unos 50 metros para llegar hasta allí, a través de un sendero cubierto de nieve fresca y abundante, que solapa todas las piedras del trayecto: las grandes, las medianas, las pequeñas y no se diga los diminutos guijarros plomizos que forman este tapiz de mármol.
Antes de entrar a mi tienda me detengo repentinamente en la puerta con las manos metidas en los bolsillos de mi chaqueta de plumas, mientras sostengo la bolsa de agua caliente que llevo pegada a mi panza. Alzo a ver para buscarte y claro, te encuentro. Allí está Orión: el cinturón, la espada, los brazos y las piernas totalmente desplegadas. Me parece muy singular que nos podamos comunicar a través de la Luna y las estrellas, se me ocurre pensar que esos astros son nuestro teléfono satelital; me parece bonito y seguro además, porque ya ves que la tecnología es caprichosa. A veces un botón, un comando o un cable en el sitio equivocado complican el tema y no hay más comunicación. Pero la Luna y las estrellas, jamás fallarán.
Conociendo lo suspicaz que eres me preguntarás: ¿Y qué pasará si hay neblina o mal clima? Pues nada, estarán allí, sólo que jugando a las escondidas. ¿Sabes cómo se las encuentra? Yo en esos casos cierro los ojos y recito el párrafo de esa zamba argentina de Horacio Guaraní: No tengo miedo al invierno/ Con tu recuerdo lleno de Sol.
Después me mirarte, entro en mi tienda con el recuerdo de todas las estrellas sobre mi cabeza. El saco de dormir está helado por dentro y por fuera: saco la bolsita de agua caliente y los dos (ella y yo) nos sumergimos en el túnel de plumas, me hundo hasta el fondo y desde allí conforme me abrigo voy emergiendo: primero la punta de la nariz, luego la cara y por fin los hombros y los brazos. Entonces puedo ojear a Benedetti y me encuentro con que: Tu estrategia es que un día cualquiera, no sé como, por fin te necesite. Y luego recuerdo que: Ustedes cuando aman exigen bienestar/Una cama de cedro/Y un colchón especial/Nosotros cuando amamos/Es fácil de arreglar/Con sábanas qué bueno/Sin sábanas da igual.
Yo aquí a 4 800 m al otro lado del mundo sin ti, sin sábanas, sin cama de cedro, sin colchón especial, pero eso sí con millones de lucecitas por encima de esta minúscula casa que me hablan, de ti precisamente…
Apago la lámpara frontal y me hundo en el saco de dormir hasta la mañana siguiente.
En el nuevo día me despierto con las goteras que hacen agua dentro de mi tienda. De tanto apreciar todos los días este fenómeno físico-químico llamado condensación ya no le paro bola. Cientos de gotas cansadas de arañar su propio peso a la tela de la tienda, se descuelgan precipitadamente atravesando todo el espacio luminoso que ahora está abrigado por el Sol y van a dar con un golpe seco en mi cara, en mi almohada o en la superficie del saco de dormir. A las gotas y a su sonido las mato con la indiferencia y sigo durmiendo, al fin y al cabo apenas son las siete de la mañana.

Dhaula al fondo
Ocho de la mañana: Decido abandonar mi madriguera y lo hago en el mismo orden de ayer, antes te tomar la Antología de Benedetti: saco primero la punta de la nariz, luego los pómulos, toda la cara, los hombros, las manos y finalmente me estiro como un gato en medio de la sopa de plumas que tengo sobre mi.
Me calzo las Oakley para que el zarpazo de luz sea sólo en la piel y no en los ojos. Claridad por todos lados: Desde arriba, el cielo azul que tengo como techo; desde el frente, la pared nevada del Dhaulagiri como mampara, y desde el suelo, el inmenso glaciar que nos acoge como piso.
En la carpa comedor, para que no se me escape nadie saludo a todos, en todos los idiomas: Buongiorno, Good Morning, Guteng Morneng, Namaste y Buenos días. De vuelta hay un coro de angelitos que me contesta.
Dos sorbos de Italian Coffe bien cargados y termino de despertarme, como con un par de bofetadas en plenos morros: ¡Ahh el aroma del café: penetrante, delicioso y único! Agradezco a Biman por el desayuno y me apuro a ganar tiempo porque este cielo azul es solamente alegría de pobres. Limpio la nieve que cubre mi tienda, saco la bolsa de dormir para que seque, arreglo mi casita de 2 metros cuadrados (léase tienda por favor), no me demoro mucho (en semejante espacio). Luego prendo el generador, conecto los cables, enciendo el teléfono, el computador, bendigo la tecnología (cuando funciona) y al conectarme con el ciber espacio te encuentro (como anoche en Orión), y paso a contarte como estoy por acá.
Todavía con el sabor del café en mi boca, escribiéndote, el azul y la luz intensa se van de repente. Ahora todo es gris, se oscurece, e inmediatamente del cielo empiezan a caer copos de nieve que se descuelgan despacito, con gracia, y me obligan a volver a la madriguera para vestirme a las 11 de la mañana como para navidad, pero en el Polo Norte. Ahí me quedo acurrucado leyendo mientras escucho como esquían alegremente los copos de nieve en la pista amarilla exterior de mi tienda.
Una de la tarde: Biman nos llama a almorzar, abandono mi casa y solamente hasta hacer pis quedo como un muñeco de nieve. El cielo se sigue cayendo, caen esos pedacitos blancos sobre mis hombros.
Pasta, prosciutto, vainitas, cogollos de cardo, y queso. Nadie habla. ¡Con semejantes viandas, para qué! Luego té con limón o té con leche.
En italiano, español, nepalí, alemán, friulano, esloveno, en todos los idiomas hacemos la sobremesa. Mis pies: helados. Pido un cafecito italiano para entrar en calor y apenas termino el último sorbo me pongo de pie con un salto, para que por gravedad baje rápido y me caliente, pero no hay caso. Voy a mi tienda y como pescadito, de una, a la bolsa de dormir. ¡Frotar, frotar, mover, mover, ya van, ya van! ¡Al fin: que rico mis pies calentitos! Y ahora sigamos con lo que me toque: Penac, Bendetti, y Jarret, Chicane o Norah Jones al oído.
Afuera sigue nevando, no para, de cuando en cuando golpeo las paredes de la tienda para que resbale la nieve y mañana en la mañana, con el calor del Sol, sea más fácil limpiarla.
Leo, duermo, me despierto, vuelvo a leer, música, dormito, pienso.
Siete de la Noche : Biman golpea una olla y acto seguido echa un grito “ Dinner es ready ”. Pantalones, gorro, guantes, bolsita de agua, medias, zapatos y…afuera. ¡Buaaaaaa, tanta nieve! Qué grande será el cielo, que desde las once de la mañana siguen cayendo estos pedacitos blancos.
Sopa caliente, canguil (palomitas de maíz); luego arroz, lentejas, estofado de búfalo y como broche final, torta de manzana espolvoreada con ralladura de coco. Barriga llena corazón contento y todos quietitos para la foto ¡Como el lobo después de zamparse a la caperucita! Acabamos de cenar y el golpecito de los miles de copos blancos cayendo del cielo ha parado por fin. Salgo a ver y me encuentro contigo, allí estás, plantada con tu cinturón de Orión y tu espada, atravesando la negrura de la noche abierta.
Iván Vallejo Ricaurte
Expedicionario
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