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SOBRE EL VALOR DE ESPERAR
En aquella ocasión yo tenía 16 años. La invité esa tarde con el pretexto de tomarnos un helado, pero ella sabía que mis verdaderas intenciones eran declararle mi amor, y yo también sabía que ella sabía. Dejé que las dos bolas de helado de limón y vainilla se hicieran agua, no podía con los nervios, temía atragantarme porque pensaba que en esas circunstancias no era capaz de hacer dos cosas a la vez: tomar un helado y declararle mi amor.
Por aquella época, en los 70's (no sé cómo será ahora, recuerden que tengo 45 tacos bien cumplidos), se estilaba que acto seguido a la declaración de amor, la novia en cuestión dijera por ley: “OK, déjame pensar” e inmediatamente le chantara a uno los días, las semanas o peor fuera, los meses que necesitaba para el tal ejercicio de pensar; y solamente después de ese tiempo el desesperado declarante podía escuchar el SI, para su contento o el NO, para su desgracia.
Para bien o para mal (y con el tiempo he aprendido que más para mal) no ha sido en mi vida mi mayor virtud la de saber esperar, y para entendernos mejor la vamos a llamar PACIENCIA. Pues bien, volviendo al caso de mi declaración, inmediatamente después de mis versos de amor a la dama en cuestión, tal lo estipulado en el guión de nuestra juventud de los 70's, me dijo: “OK tengo que pensar”. Ante ello salté con delicadeza pero con audacia felina, apelando al discurso de que eso era inadmisible en una mujer tan inteligente como ella, pues sabía a ciencia cierta cual era mi propósito esa tarde, por tanto no había ninguna sorpresa en la propuesta de amor de mi parte; además, recuerdo haberle dicho que me parecía, por un lado, un exceso de crueldad para cualquier ser humano hacerle esperar tantos días, en la incertidumbre para decirle NO. Si es que esa era la fatídica respuesta. Y por otro lado, que me parecía un desperdicio de tiempo dejar pasar los días o las semanas para sólo entonces dar inicio a los regalos y los colores del amor, si al decir SI en ese mismo momento podían comenzar a derramarse las mieles de dos corazones enamorados.
No sé si mi discurso fue contundente o es que aquellas mieles del amor no podían esperar más, pues logré el SI en ese momento, quedando de lado el famoso déjame pensar, y así obvié aquél tiempo que debía ESPERAR.
Pasaron los años, tiempo en el cual muchas veces me tocó pagar una buena factura por mi escasa virtud de no saber esperar, de no tener PACIENCIA.
Ya me había casado, mi ex esposa estaba embarazada y esperábamos un bebé. Vivíamos en Quito pero por esas cosas del destino tuvimos que ir a Ambato (120 Km al sur de Quito) a realizar una gestión que no nos tomaría más de un par de días. Y desde luego, la Ley de Mhurpy siempre está presente cuando menos se espera: La labor de parto comenzó en Ambato. Desesperado llamé al ginecólogo a Quito, a preguntarle que debíamos hacer y la primera pregunta que se me ocurrió fue: ¿Puedes venir? Y el me contestó con otra pregunta: ¿Lorena podrá esperar? Y en medio de mi angustia lógica, como padre primerizo, no había perdido mi sentido del humor y le dije: Es que no es ella quién no quiere esperar, sino él. Esa misma noche a las 11 y media, en Ambato desde luego, nació mi hijo Andrés (Andy para los amigos), con otro ginecólogo, otro anestesista y otras enfermeras. El tampoco quiso esperar.

Expedicion Internacional
Media noche del jueves 24 de marzo de 2005:
Preparo los últimos detalles para mi expedición al Dhaulagiri antes de partir a Madrid; llego al punto del número de libros que debo llevar al Campamento Base para leer mientras ESPERO. Escojo seis de narrativa y dos de reflexión. Sosteniendo cuatro en cada mano sopeso lo que voy a hacer en esta ocasión y pienso: Dos ocho miles en un mes y medio, es un montón de actividad y de trabajo. ¿Tiempo de espera? ¡Qué va, a qué horas! Si tengo que llegar al Dhaulagiri, aclimatar, colocar los campamentos, DIOS mediante subir a la cima y luego ¡zas…! volando, literalmente (en helicóptero), al Campo Base del Annapurna para intentar la cima.
Con este plan, tiempo de espera: ninguno.
De los seis libros de narrativa abandono la mitad y guardo tres, más los de reflexión.
Caramba que pretensión la mía o más bien, con la palabra que corresponde: qué arrogancia la mía. Yo estúpidamente creyendo que con diez ocho miles tenía el pasaporte sellado hasta para el buen clima y las óptimas condiciones de la montaña. Y hoy, heme aquí en mi tienda, 9 días esperando que mejoren las condiciones de la nieve y del tiempo (quizás debamos aguardar unos 5 días más antes de realizar otro ataque a la cima). Claro, hace rato me bebí los tres libros que traje, por suerte me queda el de Benedetti y el de Osho que leo de a poco y me quedo masticando los poemas o las reflexiones.
Hoy me toca esperar, esperar con paciencia y con humildad, viendo cada día como pasan lentamente las horas y a ratos, no lo niego, invadido por la angustia de no saber si por fin algún día dejará de nevar y habrá bastante Sol para que la nieve mejore y además, si algún momento el viento se cansará de rugir por encima de 6 000 m.
Que gran lección me ha tocado vivir ahora en esta bella montaña. Acuérdense que casi llegamos a la cima, de no ser por el error de los coreanos…, y ahora me encuentro en el Campamento Base, yo personalmente, pidiéndole a DIOS y a los dioses del Dhaulagiri que tengan la bondad de darnos una oportunidad para realizar un nuevo intento. En el horario de estos días de espera, hago más o menos lo mismo.
A las 7 y media de la mañana, indefectiblemente me despierto con todas las gotas de rocío que se suicidan en mi cara.
7h30 – 8h30: Dentro de mi tienda, hago ejercicios de estiramiento y relajación.
8h30 – 9h30: Leo un libro estupendo que por suerte me ha pasado Iñaki: “El peor viaje del mundo” de Cherry Garrard, que relata el viaje de Scott al Polo Sur, 650 paginitas, por suerte.
9h30 – 10h30: Desayuno y tertulia con los compañeros de expedición.
10h30 –11h: Arreglo mi tienda
11h –12h : Salgo a caminar por las pendientes cercanas al glaciar del Campo Base. Hago más ejercicios y más estiramientos (pues con tanta espera me voy a oxidar).
13h – 14h: Almuerzo, sobremesa y tertulia. Por la tarde empieza a nevar y entonces corro a mi tienda a leer, a escribir y/o escuchar música.
19h – 21h: Cena y sobremesa
21h – 22h: Leo en mi tienda y luego a dormir.
Esta es mi vida ahora en el Campo Base.
Una gran lección sobre el valor de la paciencia y de la espera. Bien sabido es que cada lección normalmente llega cuando más se necesita; le agradezco al Dhaulita (como amigablemente yo le llamo ahora) porque seguramente me había estado olvidando de la humildad que hay que tener para saber esperar.
Aquella impaciencia mía a los 16 años, aunque se quiera poner el amor como pretexto, era simple arrogancia de mi parte. Aquella impaciencia de mi hijo Andrés por nacer cuanto antes estaba bien justificada, porque era impaciencia por la vida y por la luz, lo cual es maravilloso. Y ahora yo, cuando empaqué apenas tres libros para esta expedición, no estaba siendo optimista. No. ¡Qué va! Me había olvidado que para entrar en el reino de estas grandes montañas se necesita paciencia y humildad.
Desde el Campamento Base del Dhaulagiri, con mi gran afecto.
IVAN VALLEJO RICAURTE
Expedicionario
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