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EL SILENCIO Y LA ANEMIA DEL DHAULAGIRI
Lunes 9 de Octubre de 2006
Amigas y amigos del Ecuador y del mundo
Aquí estoy de nuevo para compartir con ustedes mis sensaciones al pie de este Dhaula, montaña gigantesca y preciosa que tampoco quiere regalar ni un solo metro a quienes pretendemos llegar a su punto más alto.
La primera sensación que se me ocurre compartirles es la paz y el enorme espacio de libertad que se siente en esta montaña que por ahora está habitada únicamente por cuatro expediciones de checos, rusos, polacos y un ecuatoriano. Sumados todos alcanzamos a la modestísima suma de apenas ocho expedicionarios. Esto, comparado con el Cho Oyu, montaña en la que estuve hace un poco más de una semana por mi proceso de aclimatación, donde se habían apostado cerca de treinta expediciones dando un total aproximado de 450 marchantes; esto, es el paraíso terrenal.
El Everest y el Cho Oyu desde hace un tiempo a esta parte se han convertido en un escenario masivo de quienes, con argumentos o sin ellos, quieren adjudicarse un ocho mil. Esa masificación es buena y es mala. Por un lado, está bien que más gente se acerque a las grandes montañas porque yo sigo insistiendo que si en general la montaña es una escuela de vida, las elevaciones más grandes de la tierra lo son más aún por la entrega, la paciencia, el tesón, la voluntad, la preparación, la fuerza de carácter, entre otras cualidades, que hay que cultivar para tener alguna opción de pisar sus puntos más altos. Pero, por otro lado, está también la falta de respeto, al querer hacer de estos magníficos escenarios un espacio circense donde poner en juego las pretensiones mas banales del ser humano: que mi yo pueda decir en el próximo cóctel que alcanzó un ocho mil, no importando como lo hizo: con muchos tanques de oxígeno, con un equipo de sherpas que me ayudó a dar cada paso, etcétera, etcétera. En fin, tanto la Chomolungma (Everest) como el Cho Oyu nada pueden hacer por ello. Ellas, tan hermosas, simplemente están allí para ser amadas o usadas, subidas o dadas subiendo.
Hoy me encuentro en medio de la inmensa soledad del Dhaulagiri perdido entre un roquedal inmenso, amarillento a ratos, grisáceo a veces.
Hay silencio, mucho silencio, el mismo que yo irreverentemente a ratos rompo con las notas de Cachao, de Vicente Amigo o Enya saliendo de los altavoces de mi MP3. A veces puedo escuchar la conversación de mis amigos nepaleses: Kul, Sete y Main, en su especial y particular entonación del idioma. Otras veces me viene el murmullo de un par de cuervos que escarban en la basura a ver si pescan algún manjar. De vez cuando escucho a las banderas de oración que, alentadas por el aire que sopla, agitan sus colores y compiten con el aleteo de los cuervos que han decidido marcharse desilusionados porque no hubo festín. Y por la tarde, cuando el silencio es absoluto y tiene una sola nota, sin más, sin variaciones; éste se rompe de repente por el estrépito y el estruendo de esas catedrales inmensas de hielo negro que cansadas de hacerle el contra juego a la ley de Newton, deciden canjear el monumental esfuerzo de sostenerse incólumes y erguidas por una borrachera de cientos y de miles de trozos de hielo que ruedan cuesta abajo por la empinada ladera del glaciar del Dhaulagiri. Esos enormes pedazos vítreos blancuzcos y negros bajan atropelladamente por la pendiente sin respetar a nada ni a nadie, entre ellos mismos se riñen, se golpean, se parten, se hacen más añicos todavía y finalmente se pulverizan. Logra llegar al pie de la inmensa muralla de hielo, apenas una nube de polvo gris, como pálido recuerdo de esa arquitectura de vidrio otrora imponente y magnífica.
Este silencio que no sé si es precioso, magnífico, bello, o qué se yo (creo que es mejor que lo deje como SILENCIO a secas, y que el sustantivo sea eso y adjetivo) es el que felizmente hoy me acompaña en mi Campamento Base del Dhaulagiri (Dhaulita para los amigos). Desde este sitio les escribo esta nota y les informo del desarrollo de mi expedición.
El día de ayer domingo 8 de octubre Sete y yo hicimos un reconocimiento de la vía de ingreso al Dhaulagiri desde el CB hasta el lugar del Campo 1. Debo contarles con inmensa pena y sorpresa que yo creía que el grave deterioro que está causando el calentamiento global difícilmente, o quizás nunca, le llegaría al Himalaya. Que equivocación tan grande la mía.
Como ustedes saben yo estuve por aquí el año pasado, y lo que ha sucedido desde allí hasta hoy es muy triste. Este Dhaulita ha perdido una cantidad sorprendente de nieve y de hielo, su glaciar principal ha retrocedido significativamente; buena parte de la cuenca nevada por donde yo anduve el pasado abril y mayo, es ahora únicamente el lecho desértico de unas anémicas lenguas de hielo negruzco que en una lenta agonía terminarán por morir. La vía de ingreso del año anterior que era un corredor seguro y empinado de nieve fresca, simplemente ya no existe. Hoy queda únicamente como recuerdo, una pared gris, abrupta, cortada a pico y tapizada de arriba abajo con toneladas de piedras desnudas que se desploman en el día cuando el calor aprieta.
En ausencia de esa entrada, Sete y yo hemos debido ingresar por pleno glaciar descompuesto y roto, con el enorme peligro que eso conlleva, pues significó meternos en medio del caos donde se fraccionan y se derrumban, en cualquier momento, esos enormes bloques de hielo. Tal fue mi espanto ayer que, de regreso, antes de pasar por semejante ruleta rusa, le pedí a Sete que nos tomáramos de las manos para hacer una oración (en español, por supuesto) para pedirle a mi Dios, que porfa mantuviera pegaditos a todos esos bloques de hielo por donde debíamos cruzar.
Es tan lindo EL, siempre acolita. No se movió ni un solo bloque.

Sete, en una arista del inmenso roquedal en una de las paredes del Dhaulagiri, donde el año pasado había abundante nieve.
La historia es que ayer llegamos al sitio del Campo 1. Nos tomó seis horotas llegar hasta allá, cuando el año pasado necesitábamos entre tres y media, y tres y cuarenta y cinco en el peor de los casos. Aquello, no porque estuviéramos vagos y perezosos en día domingo. ¡No, que va! Sino que como la vía ha cambiado totalmente, los vericuetos y los zigzags fueron variados y enormes. En el lugar del Campo 1 hicimos un hueco y dejamos un depósito con una tienda, gas, cocineta, comida y colchones aislantes. Comimos el box lunch que nos había preparado Kul y nos dimos media vuelta. A las cuatro de la tarde, después de nueve horas de trabajo estuvimos de regreso en el CB.
Ahora hace mucho viento en el Dhaulagir por encima de los 6 400 m, por lo cual no se puede pensar en ninguna idea de intento a la cima; hace unas horas recibí el reporte de clima de mi amigo Vitor Baía (Portugal) y los datos son estos:
Día 10. Sol. Viento de Noroeste, fuerte de 60 a 70 km en la cumbre
Día 11. Mucho viento. 70 km
Día 12. Sigue viento. 50 km
¡Amigas y amigos queridos, con estos datos de viento… ni a la esquina!
He de explicarles que normalmente el límite que un ser humano, que se precie de serlo, puede resistir como máximo, es de 30 km por hora. Por encima de esos valores, para mí personalmente es impensable. Con esa velocidad de viento se hace imposible caminar, se sufre demasiado y el valor de la temperatura baja considerablemente por el factor del viento.
Estando por el momento así las cosas, no me queda sino esperar pacientemente hasta que ese factor, que para mi siempre será un inmenso misterio, juegue a nuestro favor y el Dios Eol, en un acto de afecto con estos seres terrenales, cierre puertas y ventanas y la paz inunde la cima del Dhaula, que por hoy, la pobre, está castigada con tanto zarandeo.
Así, mientras espero les escribo.
Con mi gran abrazo y enorme afecto.
Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO
El proyecto DESAFÍO 14 en el 2006 es posible gracias a los auspicios de: OCP–Ecuador; Diners Club; MoviStar; Marathon Sports
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