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MOSAICO
SOBRE LAS EXPEDICIONES DE MIS COLEGAS
El viento está haciendo de las suyas, sería la forma correcta y delicada para expresarme, pero no, lo que corresponde decir ahora es, el viento está haciendo lo que le da la gana. Los resultados son éstos:
Expedición rusa: Váleri y Alexey bajaron antes de ayer, después de haber soportado tres inclementes noches (no sé cómo lo hicieron) azotados por el viento en el C3 a 7 250 m. La última de ellas no durmieron nada, se la pasaron sosteniendo la tienda por el miedo a salir volando con todo.
Ayer recogieron sus cosas y se fueron de vuelta a San Petersburgo. Alexey me dio su tarjeta personal y me dijo que algún día quiere subir al Cotopaxi.
Expedición polaca: Llegaron al C3 y no encontraron las dos tiendas que habían dejado plantadas en el proceso de aclimatación. Perdieron todo: Equipo de altura, bolsas de dormir, comida, cocinetas, gas, etcétera, etcétera. Es decir, todo. Ayer bajaron directo desde el C3 al CB. Para ellos hoy termina su expedición.
Como un gesto de aprecio, Peter, uno de los polacos, me dejó de obsequio una PLAY BOY polaca. Y yo, para corresponder el regalo, le obsequié una de las SOHO que traje desde el Ecuador.
Otro rato les cuento cómo están las polacas, hoy me tengo que concentrar en la crónica.
Expedición checa: Salieron hace cuatro días para que su día de cima fuera hoy 12 de octubre (día de la raza que le llaman en mi pueblo, por eso del viaje de Cristóbal, el Colón). Desde las nueve de la mañana los seguía con los binoculares, iban de camino a la cima cerca de 8 mil metros, avanzaban despacito, pero avanzaban. A las 11 y 20 los tres checos se dieron la vuelta. Soplaba mucho viento, supongo que fue duro soportarlo.
Expedición ecuatoriana: Por hoy solamente aguardo, con la esperanza de que el Cosmos me regale esos tres días que necesitamos para alcanzar la cima.

Alexey y Valeri de vuelta en el CB después de sus tres noches inclementes a 7 250 m.
CUANDO ME DESPIERTO
Hasta las nueve de la mañana no saco la nariz de mi saco de dormir, ¿y para qué?, si todo está helado dentro de mi carpa.
De reojo miro el termómetro que tengo colgado cerca de una de las puertas y compruebo que él también sigue acurrucado, ese hilo delgadito de líquido rojo que es como su sangre, su alma y su razón de ser duerme todavía, y duerme con frío porque marca 0.
A las nueve y un minuto el sol logra remontar la tremenda pared que nos cobija en el Campo Base y por una especie de magia doméstica mi carpa se ilumina, se abriga y empieza a derretirse el montón de cristalitos que amanecen discretamente colgados de la tela amarilla de la tienda.
El termómetro también se despierta y empieza a desperezarse; lentamente ese hilito de sangre, que es su alma, bosteza, estira sus manitos, se mueve y por fin se pone de pie para marcar el número 12. Entonces él y yo cantamos en coro al calor, al abrigo y a la luz.
Mi bolsa de dormir es como una madriguera: calentita, acogedora, con mi propio olor y a mi medida. Como soy chancho de tierra en el horóscopo chino, no debería decir mi madriguera sino más bien mi chiquero.
Eso es, así suena mejor: el chiquero del chancho de tierra.
El hilito rojo se sigue estirando y yo salgo de mi chiquero.
Junto a la puerta de mi tienda tengo una terracita con vista al glaciar, salgo allá, me estiro, rezongo y en ese acto despreocupado de abrir los brazos de par en par, le agradezco al Sol por venir un día más hasta acá, tan lejos, en este rincón del Dhaulagiri.
CUANDO DESAYUNO
En nuestro CB la vida discurre de otro modo, en comparación con lo que está pasando por encima de los 6 000 m. Aquí el aire que sopla viene de vez en cuando, y cuando lo hace es discreto, sin atrevimientos ni irreverencias. Alzo a ver al Dhaula y compruebo que por arriba hay azotes, remolinos, fuerza e inclemencia.
Como si estuviera en una de las terrazas de Madrid, haciéndome a la idea de que este sol matutino de otoño es más bien vespertino y de verano, dejo la tienda comedor y tomo mi desayuno afuera, en el descampado, junto a mi tienda.
Apoyo la bandeja con un pancake, mermelada de naranja (que nunca falta en Nepal), dos huevos fritos y dos tostadas, como si fuera una mesa, en el bidón azul donde guardo mi equipo de escalada. Me reclino ligeramente en la silla blanca y vuelvo a ver al Dhaulagiri: ¡Que inmenso es! Descomunal tamaño de pirámide; separado desde donde estoy por casi cuatro mil metros de desnivel hasta la cima. Ese sitio al que quiero llegar pero que hoy se complica por el viento que sopla en la altura.
Por un rato pienso en Alexey y Valeri, los dos rusos que llegaron con los rostros agotados y desechos después de sus tres noches a 7 250 m. ¡Que valentía la suya en semejantes condiciones!
Con el pretexto de terminar el último pedazo de pancake me preparo otra taza de café con leche, más cargado todavía y con dos raciones de azúcar. Mientras giro lentamente la cuchara y se forma en el centro de la taza ese remolino espeso, en cuyo ojo van a morir engullidos los cristalitos de azúcar y las motas de café, me pregunto, en el eventual (y no consentido) caso de que esta vez tampoco salga el Dhaula: ¿Por qué está tan esquivo?, y no digo esquivo conmigo, porque de acuerdo a Los Cuatro Acuerdos, nada hay que tomárselo como personal. Pero en todo caso me repregunto: ¿Por que está tan esquivo?
¾Por algo a de ser hijito. Ten no más paciencia ¾Me diría la señora Olga Ricaurte, en este caso, mi mamá.
PARA ACABAR CON LA ANGUSTIA
La angustia que toda espera produce hay que resolverla haciendo algo.
Preparo mi mochila pequeña y guardo en ella la chompa rompevientos verde agua, un par de guantes negros, la cámara de fotos, la de video y un pequeño box lunch: un huevo duro (con sal por supuesto), una latita de atún (de Ecuador, cómo no), y la cantimplora con limonada. Me voy de caminata al French Pass (collado que está sobre nuestro CB a
5 370 m), así me muevo, no pierdo la aclimatación y ahogo la angustia de la espera.
Invito a Sete a la caminata y me sale con que va a ayudar a acarrear agua desde el glaciar (que ciertamente esta lejos) hasta el CB. Siendo así tomo el MP3, lo guardo al bolsillo y me enchufo los audífonos. Me encantaría decirles en mi propio idioma: Ya vuelo panas. Pero debo contentarme diciéndoles: See you after friends.
Tengo dos MP3 (esto no es para presumir), uno rojo y otro celeste. Ambos de obsequio (esto si es para presumir).
El rojo es el MP3 Chill Out. Allí tengo flamenco, new age, clásica, chill out (desde luego) y jazz. Por error se filtraron, en todo caso están bienvenidos, cinco temas de Juanes, y cuando a él le toca, irrumpe furibundo en medio de la dulzura y del glamour de Enya, o la suavidad de los nocturnos de Chopin.
El celeste es el MP3 de la juerga: Salsa, merengue, vallenatos, rock, chis pun-chis pun (no sé cómo mismo se llama este género). Reguetón no hay, porque no me gusta. Y claro, como este aparatito fue regalo de mi querido Eugenio, se preocupó de incluir el himno de la Liga Deportiva Universitaria (equipo ecuatoriano de fútbol que normalmente juega en la Serie A). Hoy me llevo el MP3 Chill Out.
LA MUSICA Y EL BAILE.
Mi mochila, mi bastón de esquí y yo vamos por dentro de la garganta que lleva hasta el French Pass. A mi espalda, cuidando de ella, el Dhaulagiri; a mi derecha, la pared enorme que impide que el sol llegue a mi tienda antes de la nueve; a la derecha, una ladera insípida de tierra y piedras; y al frente mío, el gran boquete que va a dar hasta el collado.
Como es mi día de entrenamiento subo apretando el paso, cuidando que las pulsaciones no bajen de 150. Estando cerca de los 5 000 m, no es difícil lograrlo.
En esas ando cuando sale al debut Vicente Amigo y su Gitana Cordobesa. Me paro en seco porque me entran ganas de bailar, dejo a un lado el bastón primero y luego la mochila. Siento que las botas de trekking se transforman en el par de botines negros de gamuza, con talco alto, tapizadas las puntas y el taco con un lecho de clavos, que me compré en Madrid cerca de la Calle de la Montera. Siento que el pantalón térmico de fibra polar se transforma en el pantalón negro entallado y sin pliegues, y que la chaqueta roja transmuta en la camisa negra de poliéster. Allí, en el piso de piedras y arena lentamente hago un círculo en el aire con la punta del pie derecho, repito el ejercicio con el pie izquierdo y cierro ambos movimientos con un fuerte golpe de tacos que levanta polvo. A partir de entonces me transporto a bailar como si estuviera en Casa Patas. Yo, bailando flamenco, haciendo desplantes, zapateando, haciendo un arco con el cuerpo, con el pubis por delante y la cabeza y los pies más atrás, sacando desde allí otro golpe de tacos al compás de la guitarra de Amigo y del cajón peruano de su compañero. Apoyado en los cuatro pasos que aprendí en mis cortas clases de flamenco, bailo. Bailo en medio del Dhaulagiri y generosamente Vicente Amigo y sus amigos tocan para mí:
“Siempre que bailes, baila como si estuvieras solo”
TÚ, VERDUGO INCLEMENTE Y PERVERSO
Sigo subiendo y la música conmigo.
A 5 125 m se forma una especie de valle de pendiente escasa; entonces puedo trotar. Hoy es mi día de entrenamiento: 158, 162, 164 pulsaciones por minuto. Me mantengo en 160, meto aire a los pulmones. Que aire más frío. Se acaba el vallecito y paro, toso, resoplo; empiezo a recuperarme y dejo de toser.
A la 1 y 20 llego al French Pass a 5 370 m. Sopla mucho viento y me veo obligado a esconderme detrás del altar de piedras desde donde aletean unas banderas de oración. Tomo la limonada primero y después el huevo duro (con sal desde luego). Me da pereza abrir la lata de atún.
Cuando calma un poco el viento puedo dar la cara al Dhaula y tomarle un par de fotos. Para poderle filmar aguzo el ojo buscando cómo componer las imágenes y compruebo que está sufriendo.
La cima está completamente despejada y, de repente, toda esa masa de aire irreverente se acerca hasta su piel blanca y arranca de cuajo parte de ella dejándola herida y lacerada. Con los retazos de piel robada el aire hace jirones, remolinos y pequeños huracanes. Los estruja, los abre, los vuelve a cerrar. Los rompe, los junta, los desarma y por fin los pulveriza. El Dhaula sufre porque está siendo herido sin remedio. El viento es cruel, es un verdugo inclemente y perverso. ¡Yo mismo cuánto he sufrido por él!: en el Manaslú, 38 bajo cero; en el K2, perdido sin poder encontrar el C4; en el Everest, destrozado nuestro campo 3.
Al viento solo le corresponde un adjetivo: crueldad.
Por encima mío, en cambio, son apabulladas las nubes.
Todos hemos jugado alguna vez, nosotros mismos de niños y ya de grandes con nuestros hijos o sobrinos, a buscar formas y figuras en las nubes que viajan por el cielo azul. Hoy juego a lo mismo y solamente me encuentro con dragones que son despedazados, con mandíbulas que se abren hasta romperse por las comisuras, con bocas enormes que chillan de dolor por ser estrujadas, desgarradas y rotas de la manera más cruel y despiadada. Hoy no hay ovejitas, caritas felices ni nada de eso. Hoy solo hay dolor por la piel que se desgarra y por las nubes que se despedazan.
Dejo de observar, dejo de sufrir el dolor ajeno, guardo la cámara y bajo.
¡Querido Dhaula: Que el Cosmos te ampare y te proteja en este dolor que estás viviendo!

Encima, la cumbre del Dhaula desgarrándose a jirones.
Abajo, las nubes despedazándose sin clemencia.
Hasta la próxima, amigas y amigos muy queridos. Mientras espero leo, les escribo, pienso y escucho música.
Con un gran abrazo desde el CB del Dhaulagiri.
Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO
El proyecto DESAFÍO 14 en el 2006 es posible gracias a los auspicios de: OCP–Ecuador; Diners Club; MoviStar; Marathon Sports
Con la colaboración de:
DHL; Salud S.A; Maquinet Services; Seguros Alamo, KLM-Air France y Tatoo
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