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TRECE AÑOS DESPUÉS
(Katmandú 21 de marzo de 2008)

En otoño de 1995, hace trece años, era la primera vez que tomaba un avión desde Europa para cruzar Oriente medio y llegar a Nepal, la tierra de Sidharta Ghautama y Lumbini; la tierra del Everest, la montaña más alta del mundo, y Edmund Hillary su hijo adoptivo; la tierra de los hippies de los años setenta que hicieron de Katmandú uno de los aeropuertos más transitados del mundo con todo tipo de vuelos: al hachís, a la hierba y uno que otro gramo de heroína; esta tierra que para nosotros los amantes de la aventura, los escaladores y los soñadores, es uno de los paraísos del mundo mundial.

 Hace 13 años, cuando yo tenía treinta y cinco, ya había recorrido los Andes del Ecuador, Perú y Bolivia, y los Alpes de Francia, pero jamás el gran Himalaya.

En aquél septiembre aterricé por primera vez en el aeropuerto Tribhuvan de Katmandú, llegaba con el firme propósito de subir clandestinamente a la cima del Pumori, montaña de 7. 125 m. ubicada frente al Everest en el área del Khumbu. No me quedaba más que  hacerlo a hurtadillas porque no tenía los recursos económicos, ni de lejos, para poder pagar los 2000 USD que costaba el permiso de ascensión.  Ya plantado al pie de la montaña inmediatamente caí en cuenta que iba a ser poco menos que imposible pasar inadvertido y en cuestión de días, si no de horas, me trincarían in fraganti en el maladado intento y con ello, pagar la multa, ir a prisión, y lo que era peor: sin nadie que me fuera a visitar a la cárcel para ofrecerme un bocado de comida. ¿Quién iba a hacerlo? Si, de ser el caso, me hubieran confinado a 26 000 km. lejos de mi pueblo. A la vez que me resignaba a abandonar la idea de la cima clandestina conversaba con un montañista de Austria que, él si, iba a subir al Pumori. En un momento del diálogo, en mi fuero interno,  discretamente me preguntaba cuál era la diferencia entre él y yo, para  que él si escalara la montaña y yo no. Le observé detenidamente y no encontré ninguna, él era tan humano como yo, con dos piernas, con dos brazos, con dos pulmones y un corazón, igualito a mi, bueno casi, porque el medía un metro ochenta y yo uno sesenta y cuatro. Pero aparte de eso, nada sustancial. La única diferencia era que él tenía dinero y yo no. Lejos de quejarme me prometí volver a Ecuador y hacer lo imposible por conseguir el dinero y regresar a escalar el Pumori. Como para exorcizar la pena me subí, clandestinamente desde luego, a un pico de seis mil metros y otros dos muy modestos, de cinco mil metros de altitud, cercanos al Pumori, y con esas cimas en la mochila me volví a casa, a la mitad del mundo.

De vuelta en Quito conversando mis amigos y convenciéndoles para subirnos al Pumori, al final el sueño nos quedó corto y apostamos por uno más alto todavía: escalar el Everest sin oxígeno.

Lo que vino después, ya es historia y ustedes la conocen muy bien.

 Ahora, trece años más tarde, es la décima cuarta ocasión que bajo por las escaleras del avión para pisar tierra nepalí, apenas lo hago, me inclino, toco el suelo con mi mano derecha, me la llevo al corazón y mentalmente digo: bendiciones para el Dhaulagiri. Estos trece años han sido maravillosos por todo el camino recorrido y las lecciones aprendidas, por los momentos de escasez y los de angustia, por los de felicidad y los de llanto, por los de soledad y compañía, por las cumbres logradas y los reveses asimilados, por los besos entregados y los abrazos recibidos, por los besos y abrazos omitidos en el tiempo de ausencia, por las cartas y las crónicas escritas, por los recuerdos guardados y los libros leídos. Por el tiempo que le he dedicado al tiempo y por lo que él me ha compensado. Por los grandes amigos que he ganado y por aquellos que he perdido y se han quedado para siempre en la montaña.

Bello este tiempo, bellos estos años.

 Cuando me acerco al mostrador para pagar los treinta dólares de la visa el policía de migración, por asuntos de trámite, me pregunta: ¿cuántas veces en Nepal?  Catorce, le digo, y caigo en cuenta que los números coinciden, vengo precisamente por mi ochomil número catorce.

 Hace trece años llegué a Katmandú tremendamente ilusionado, con una sonrisa franca, con los ojos bien grandes y abiertos como platos para beberme todo con la vista, disimulando con decoro las angustias económicas. Hoy vuelvo a mirar Katmandú con los mismos ojos y me sonrío con la misma franqueza, como al inicio, sin haber perdido la ilusión de la primera vez , porque ahí está uno de los detalles importantes de la vida: por más kilómetros recorridos, por más experiencias vividas, por más lugares visitados, por más cumbres alcanzadas, el ser humano no debe perder jamás la capacidad de asombrarse, porque el arte de asombrarse está asociado con la liviandad del ser, con el fluir, con la sencillez, con la inocencia bien nombrada, con la curiosidad; es decir con los motores que han hecho progresar a la humanidad.  

Hay que ser adulto y seguirse asombrando como un niño.

 En el otoño de 1995 alquilé un taxi a la salida del aeropuerto con la angustia de que al verme turista iba a ser timado, porque los taxistas de los aeropuertos del tercer mundo, de los países en vías de desarrollo o como se los quiera llamar, son iguales en cualquier parte del planeta. Te ven la cara y te pasan la factura sin piedad, ellos nunca entienden que la cara de ingenuo es de uso personal. Ahora vienen a recogernos a Sebastián (Álvaro) y a mi para llevarnos al Yak and Yeti. De camino al hotel expreso mi gratitud con la vida sonriéndome con cariño y derramando ese gesto y la buena onda que genera por las calles de Katmandú.  Miro la ciudad a través de los cristales de la furgoneta y confirmo que está casi igual que hace trece años, a no ser porque hay un poco más de richshaws, de autos y motocicletas, el resto está igual: el desorden y la bulla de las calles; las vacas sagradas paciendo sosegadamente al borde del asfalto; un monje budista, rosario en mano, que se cruza con una nepalí morena vistiendo jeans de cadera y pupera cortita, y, posiblemente, siente que sus votos de castidad se ponen en duda; la sonrisa y la alegría de los niños que después de tomarles una foto en una parada de semáforo me dicen lo mismo de siempre: five rupees my friend, y compruebo que al menos para el tema fotográfico la inflación no ha modificado los precios. La misma Katmandú con los buses y los coches haciendo cola para conseguir gasolina porque la India no envía el derivado; con los mismos cortes de energía eléctrica, cada dos por tres, que hacen que, literalmente, se hagan agua los helados que venden en la pizzería Fire and Ice, donde siempre nos encontramos los de éstos recorridos, moros y cristianos, antes y después de cada expedición. La misma estupa de oración, de blanco casi inmaculado y coronada por los ojos de Buda que están mirando a los cuatro puntos cardinales.

 


La estupa de oración, de blanco casi inmaculado y coronada
por los ojos de Buda que están mirando a los cuatro puntos cardinales.

 


Después de tomarles una foto en una parada de semáforo
me dicen lo mismo de siempre: five rupees my friend

 

Cuando llegamos al hotel el guardia de la puerta, sembrado como un pilar  de mármol y vestido entero de verde se cuadra y nos saluda: Namaste Sir.

 La habitación 3312 tiene vista al pequeño estanque del hotel, con patos y puente de madera incluido. Echo un vistazo, recreo la vista y siento que no va más, por unanimidad decidimos tumbarnos para hacer una siesta después de las once horas de vuelo. Mientras me viene el sueño en medio del placer de estirar el cuerpo entero, se me pasa una película en cámara lenta con imágenes, nombres y números: Katmandú, Pumori, Ama Dablam, Manaslú, Everest, 8 848, Kangchenjunga, Annapurna, 14, Ochomil, Ramiro…..después me acuerdo del mantra que estoy repitiendo desde hace cinco meses: Dhaulagiri 8 167, a fines de abril, mi último ocho mil. Imaginándome que llego a la cima de esa montaña, levanto los brazos y lloro para celebrarlo, me duermo con la gratitud de estos trece años vividos con intensidad.

   

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

El proyecto DESAFÍO 14   en el 2008 es posible gracias a los auspicios de: Diners Club; MoviStar; Marathon Sports; Yanbal; EMAAP

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