CUANDO LA ANGUSTIA DECIDE MARCHARSE
(CB del Dhaulagiri, sábado 26 de abril de 2008)
Sentado en mi carpa, sábado tarde. Luz amarilla abundante que se derrama en todo el espacio mínimo de la que es mi vivienda en las últimas tres semanas. Afuera sopla el viento ligeramente, como un pálido resabio del ciclón que ahora mismo estará barriendo las laderas de la cima. El parte dice que entre 80 y 90 kilómetros por hora.
A diez metros de mi tienda corre el agua de un riachuelo que baja desde 5 800 m. Antes hielo ahora líquido. Esa agua también habla, a ratos murmullos, a ratos palabras, a ratos no la entiendo pero habla igual que el aire que de vez en cuando golpea mi carpa.
Yo acá adentro queriendo escribir sin saber cómo empezar.
Es que tengo una especie de resaca después de una borrachera de angustia.
Si, esa angustia que sentimos los atletas en la línea de partida, con los músculos crispados, con la mirada fija en el vacío pero imaginándonos la meta, respirando hondo con la garganta seca, con los diez dedos abiertos apoyados en la pista sosteniendo la mitad del cuerpo, con los cinco sentidos despiertos y más vivos que nunca a la espera del pummm para erguir el cuerpo y salir disparado hacia el infinito para tragar aire a bocanadas, para mover pies y manos, para que en ese tramo que hay entre la partida y la meta lo dejemos todo.
Esa angustia de esperar el pistoletazo y salir corriendo me ha acompañado los tres últimos tres días.
Ya colocamos los campamentos. Ya fijamos las cuerdas. Ya aclimatamos. Ya dormimos en la altura. ¿Y ahora? ¿Para cuándo el asalto final? La angustia de ésta pregunta siempre es un trago amargo con el que hay que contar.
Me imagino que ustedes se preguntarán ¿Por qué con tantas expediciones a la espalda y todavía les hablo del peso de esa angustia? Simple. Pues el miedo y la angustia es patrimonio de cualquier ser humano que se precie de estar vivo. Y yo lo estoy, además en plenitud de facultades.
Esta angustia viene porque dependemos de un elemento muy ajeno a nosotros, que es imposible controlarlo, tal vez es predecible en el mejor de los casos (y si hay un error….sálvese quien pueda), pero en todo caso imposible de controlarlo: el clima.
Ahí está la razón de ser de la angustia. Por lo desconocido. Por lo impredecible. Por la impotencia. Además la cabeza, bien llamada por Rosa Montero La loca de la casa, se pregunta:
- ¿Y qué tal si el viento no para?
- ¿Y qué tal si no se da la ventana de buen tiempo?
- ¿Y qué tal que la nevada llega rato menos pensado como en años anteriores?
Y así mi querida Loca se va llenando de Y qué tales que van directito a la panza y se arma adentro un incendio de tal magnitud que casi no hay Cuerpo de Bomberos que lo apague. Por suerte el Zantac de 300 miligramos es un inventazo para estos casos.
Mientras espero el parte meteorológico me vuelvo callado; escribo muy poco; leo a medias y mal; no soy yo, el de siempre (pero igual me quiero, extrañando al de siempre desde luego); entro y salgo de la tienda; comienzo a lavar la ropa y no la termino. En fin, preso de la angustia y punto.
Esta mañana apenas abrí el ojo prendí el teléfono satelital, casi desesperado, esperando el beep de mensaje recibido: un mensaje de Quito, otro más de Quito…y por fin el de Vítor Baía, el Gran Vítor, con el reporte del clima: “Saber esperar la naturaleza nos da un regalo. Parece que día 1 o 2 serán buenos para la cumbre” Y a continuación los detalles de la velocidad del viento para esos días: menos de 30 Km./hora. Pegué un grito que me escuchó todo el Campo Base: Ya está, por fin, aquí está la ventana. Salí corriendo hacia la tienda de Edurne, ni siquiera le pedí permiso para entrar, está vez no se requería, le mostré el teléfono para que leyera el mensaje y luego me fui de tienda en tienda contándoles a cada uno de mis compañeros que el tiempo de angustia había llegado a su fin, porque el Gran Arquitecto, con un silbato imaginario, decía: No va más vientos huracanados, ya hay fecha para la cima.
Es por eso que ahora estoy en la resaca, medio amortiguado, pero feliz. Porque ya hay fecha. Porque ya hay ventana. Porque, Dios mediante, habrá cima CATORCE el dos de mayo.