Desafio 14






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DESDE UN BALCON EN EL NANGA PARBAT

Despertarme a las dos de la mañana en el CB para subir hasta 6 000 m cargando cuerdas y mi equipo personal, créanlo, me cuesta mucho. Los primeros 15 minutos me muevo en calidad de zombi tratando de ser menos torpe y no ponerme las medias al revés o sal en lugar de azúcar, en la taza de té con limón.
A las 3 de la mañana salimos Hassan y yo, de nuestro grupo, y Riki, Nacho y Martín del grupo de Aragón. En la primera parte del trayecto me despierta muy bien el peligro de caer en cualquiera de las grietas que recientemente se han abierto en el glaciar contiguo al CB. A las 5 y cuarto llegamos al C1 (4 800 m), nos hidratamos y descansamos un poco antes de seguir al C2.
Todos se van, yo me quedo todavía un rato más en mi tienda, al fin y al cabo hoy no hay apuro, tengo todo el día para llegar al C2. A las 6 y 10 me pongo la mochila en los hombros y  me asusta el peso que tiene. Voluntariamente he decidido colaborar llevando, además de mis cosas personales, 140 m de cuerda repartidos en  dos rollos de 70 cada uno. Mentalmente me repito que debo tomar estas largas horas con filosofía, como suele decir mi compañera Edurne, cuando quiere referirse a tomar algo con calma, despacio y sin apuro. Allí voy metido en esa enorme ladera de nieve, rocas y hielo de más de 1 000 m de longitud, el piolet en una mano, el bastón en la otra y debajo de los hierros de mis botas, por suerte, nieve dura que resiste mi paso. Pero me siento aplastado por el gran peso de mi mochila, subo muy despacio, no asciendo ordenadamente, muy seguido me piso mis propios pies. ¡Qué vaina! Corre el tiempo y ante semejante inutilidad humildemente reconozco que la carga puede más que yo. Sin embargo, decido luchar y se me ocurre entonces la idea de sacar uno de los rollos de cuerda, abrirlo, extenderlo y atármelo a la cintura a través del arnés para arrastrarlo a lo largo de la pendiente en lugar de cargarlo. ¡Manos a la obra! Así lo hago. El peso de la mochila se aliviana, para mi gran contento. Comienzo a ascender llevando a rastras esa culebra de plástico, pero desafortunadamente es difícil; mi tronco y mi cintura hacen un enorme esfuerzo para hacer reptar a ese animal inmóvil. Siento que las correas del arnés me muerden la cintura, las ingles y los muslos. ¡No puedo, no puedo más! Y en ese ejercicio muy bonito que es reconocer la inutilidad, me paro nuevamente, me desato la cuerda, la dejo atada a una roca y continúo. ¡Vaya que alivio!
La ladera es muy grande, pero yo también, porque subo entusiasmado y contento, inclusive haciendo bromas con mis compañeros.
A las 10 de la mañana, Riki y yo paramos al pie del muro Kinshofer y hacemos cola en espera del turno para escalar. Mientras mis colegas trepan, nosotros comemos una barrita de chocolate y bebemos agua. La vez anterior en el muro no lo hice tan bien, me tomó de nuevo la verticalidad que tiene y la lisura de la pared en algunos tramos, pero ahora me he prometido hacerlo mejor y con elegancia. Cuando me llega el turno dejo los crampones, ese fue el error cometido, y empiezo a escalar. ¡Vaya que maravilla, que delicia subir de esa manera! Mis manos y la roca, mis pies y la roca, mi respiración agitada y mi cuerpo que le va ganando centímetros a la gravedad. Me doy el lujo de parar a filmar a Ricardo. Descanso un ratito, me llevo un caramelo a la boca y arremeto contra el último tramo que es el más liso de todos. Un segundo antes de empezar me repito: Vas a hacerlo bonito y disfrutando. Y otra vez estoy pegado a la roca como Peter Parker después de transformarse en el Hombre Araña, buscando llegar al C2.
A las 11 de la mañana estoy por segunda vez en el C2, nos juntamos todos, celebramos y nos ponemos al abrigo de las tiendas para escapar al calor bestial.
La tienda, colgada en el vacío al borde de un balcón; la cocineta, en una veredita al filo de la nieve, y Hassan y yo adentro, descansando e hidratándonos.


Por segunda vez llegando al C2 a 6 000 m de altitud, al fondo el valle del Diamir y la cuenca glaciar del Nanga Parbat.

La ropa húmeda en el cuerpo nos baja la temperatura, tenemos que cambiarnos, sobre todo las medias. Yo lo hago primero y cuando le toca el turno a Hassan, no se por qué llega el recuerdo de un delicatesen exponiendo en vitrina el más maduro de los quesos Roquefort. Suerte que estoy apenas a 6 000 m de altitud, porque con ese aroma a 7 000, en un santiamén sacaría la cabeza por la puerta de la tienda y lo devolvería todo.
Sin decir nada y poniendo cara de buenos amigos escucho lo que me cuenta Hassan en su chapurreado inglés acerca del Islam, razón por la cual entre otras cosas, es padre de cinco hijos, uno tras otro, como rondador.
Como en lo de la cocina no me va tan mal, si no pregúntenle a Karma, me dedico a guisar garbanzos con estofado de pollo y unos aritos de cebolla en aceite de oliva.
Eso a 6 000 m: Soy un maestro.
-Very good Sir. Very good cooker Sir

La tarde se muere, el sol se va de oficio al otro lado del mundo, sopla un poquito de viento y hace frío. Cerramos la tienda, nos metemos en los sacos y a descansar, pero a Hassan, con su metro noventa, el largo de la tienda no le da abasto. Tiene que cruzarse en diagonal y sus piernas, cual extenso par de largueros, van a dar por encima de las mías. ¡Vaya, menuda noche que me espera!

Para hacerme el desentendido prendo la lámpara frontal y leo las crónicas de Rosa Montero antes de dormir. Mañana subiremos a buscar el sitio para el Campo 3.

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

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El proyecto DESAFÍO 14   en el 2005 es posible gracias a los auspicios de: OCP–Ecuador; Diners Club; MoviStar; Marathon Sports; Ideal Alambrec; Tesalia Sport y Merck Sharp and Dhome

Con la colaboración de:
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