VENTURAS Y DESVENTURAS DE LOS CAPRICHOS
A partir de un modesto análisis he llegado a la conclusión de que las consecuencias de un capricho, sea este terrenal o etéreo, suelen traer normalmente, más desventuras que venturas. Pero, como toda excepción que confirma la regla, cuando el capricho es sinónimo de tenacidad y no se ha involucrado en él pérdida de objetividad ni de dignidad, por lo que se lucha, por lo que se pelea o por lo que se quiere conseguir, ese capricho en particular, lleva a la ventura.
Desde ese amplio mar de posibilidades, cada uno de nosotros podría contar miles de casos que ejemplifican caprichos propios y ajenos: los de nuestros hijos, los de nuestro jefe (gracias a Dios yo no tengo), los de nuestros gustos y los del amor, desde luego, que a veces nos obligan a pagar facturas bien altas. En fin, la variedad y los matices de los caprichos son amplios y abundantes. Pero en esta ocasión quisiera referirme a los caprichos naturales o sería mejor decir, a los de la naturaleza.

Arcoiris en el campo base del Nanga Parbat; la señal que parece abrir el camino a la cumbre
Ya ven ustedes que el otro día les anuncié que me iba para la cima. Y , en efecto, preparé mis cosas y dejé a punto la mochila de acuerdo con el pronóstico de tiempo que habíamos recibido. En la madrugada del martes 12 mis compañeros y yo salimos desde el CB pero no pudimos siquiera llegar al C1 que está apenas a 4 800 m de altitud. Tuvimos que dar media vuelta abortando el ataque a la cumbre.
Ustedes se preguntarán: ¿cuál fue el problema?
Efectivamente, un capricho. El de la naturaleza, en este caso, que con esos giros inesperados de las nubes y el viento dieron al traste con todas las predicciones y nos obligaron a cambiar los planes. Hemos debido permanecer cinco días más en el CB a la espera de una nueva predicción que nos augure buenas condiciones. Y en esta espera, la otra tarde, la naturaleza nos ha regalado un nuevo capricho: Un poco después del almuerzo, cuando hacía una siesta tranquilito en mi tienda, de repente se desató un aguacero de tal magnitud que musulmanes y cristianos creímos que el cielo se caía a pedazos con Alá y Dios incluidos. Si hubiera estado en el campo base Abraracurcix, el amigo de la aldea gala de Asterix, habría jurado que “ el cielo se desplomaba sobre nuestras cabezas ”. Pero inesperadamente, mientras el techo de mi tienda sufría los embates de las gototas que lo golpeaban, al otro lado de nuestro campamento un sol enorme y cálido bañaba de luz a todas las hijas del aguacero. De ese matrimonio se formó un arco iris enorme y precioso, el más grande que haya visto en mi vida. ¡Qué bella se puso la tarde en nuestro campo base! Las tiendas de colores vivos reluciendo por encima del prado verde e inmenso, la lluvia empapándolo todo y el sol abrigándolo todo. Al fondo, un arco iris inmenso abriéndose de par en par como una puerta de ingreso a la Montaña Desnuda del Diamir.
Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO
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