Chamonix

LAS AGUJAS DE CHAMONIX

 

Chamonix, 16 de de septiembre de 2011

Queridos amigos del Ecuador y del mundo

Reciban un cariñoso saludo desde Chamonix, en los Alpes al pie del Mont Blanc.

Cuando les escribo esta nota estoy sentado en una terraza que mira directamente a la cima del Mont Blanc, Son las seis de la tarde y toda la ciudad está bañada por esa luz naranja tan cálida propia del verano, las sombras que proyectan los edificios y los chalets en su largura logran cubrir a los turistas, a los escaladores, a los caminantes y a los gitanos que han venido hasta esta parte del mundo para conocer o repetirse las vistas preciosas de los Alpes que hay en esta ciudad, cuna del alpinismo. Por encima de mí el cielo azul se matiza con puntitos de colores rojos, amarillos o fucsias de las velas de los parapentistas que pretenden lograr en un intento modesto, ese sueño que tenemos la mayoría de los seres humanos, volar. Alzo a ver una vez más y me encuentro con una sierra de granito que se recorta sobre el cielo azul. Una cadena alargada de picos de roca que estando por encima de todo el valle de Chamonix asumen el papel de custodios para proteger al valle de la dureza con la que Eolo ataca cuando esta malgenio.

Repaso lentamente el recorrido de las Agujas de Chamonix que comienzan en las Arista de los Cósmicos y terminan, dos kilómetros y medio más adelante, en la Aguja de Blaitiere, y en ese acto sonrío de felicidad, de alegría y de gratitud. Hace dos días, el pasado martes a las ocho de la noche, llegamos de regreso a Chamonix, hechos polvo, después de haber realizado esa travesía en seis días, con sus noches, una de ellas con una dura tormenta que estuvo a punto de estropearlo todo La noche del martes solamente queríamos sacarnos las botas y bañarnos, ni siquiera comer. Teníamos los pies y las manos estropeadas, magulladas y con ampollas. Las manos, en ese estado, porque había pasado factura acariciar tantos días la aspereza del granito de las Agujas; y los pies, porque empotrarlos con toda fuerza en las fisuras de roca, con unos zapatos tan justos como los ¨gatos¨, también había pasado factura Cuando cruzábamos el paso peatonal que nos llevaba hasta el hotel, difícilmente pudimos mantener el glamur, yo personalmente no tenía reparo en andar con un cierto dejo de cansancio que me llevaba a arrastrar las botas por el asfalto, me animaba al ver la misma actitud en el Topo y la Carlita.

Por antigüedad me cedieron el primer turno de la ducha. Cuando el agua caliente empezó a correr por mi cuerpo lejos de ser el alivio que siempre ha sido ese ejercicio, se tornó en sufrimiento. El jabón hería los cortes de las manos y las ampollas de los pies, a duras penas pude empapar mi cabello con el champú en mis manos, me di por vencido y me conformé solamente con el correr del agua. También comprendí que la queja era colectiva, porque al fin y al cabo todos estábamos hechos del mismo material.

Salimos a comer, yo solamente quería ensalada, de ser posible con tomates frescos, porque la dieta de los últimos seis días no había sido muy variada que digamos: pan, queso, salami, Tang de naranjilla y cinco caramelos por día. Efectivamente pedí mi ensalada y cuando me disponía a dar el primer bocado me enteré de otro problema, me había quemado el paladar de tanto chupar hielo. Al tratarse de una arista enteramente de roca no encontramos agua para beber y como el gas para fundir nieve no fue suficiente, tuvimos que recurrir a ese ejercicio, medio rudo pero salvador, lastimosamente con esa factura. Era como morirse de sed frente a la fuente, tenía lo que quería, al fin comida en el real sentido de la palabra y…..no podía comer. Que frustración. Me llevé la mano a las sienes para aguantar el dolor y compartí mi pena con mis pares. Carla tenía la garganta quemada por el mismo ejercicio y el Topo, bien gracias, porque hábilmente ha desarrollado con el tiempo una técnica que le permite chupar el hielo sin quemarse.

Ya ven…. uno aprende todos los días.

Pacientemente fui preparando bocados más pequeños y poniéndoles en mi boca, desarrollando, ahora yo, una técnica que permitiera que los alimentos tocaran el paladar lo menos posible, y sin hacerlo daño, siguieran su camino. Conseguí terminar la ensalada.

Para terminar pedimos Nestea de durazno para brindar por esa estupenda escalada que acabábamos de realizar. Seis días de estar subiendo y bajando por las rocas, por el granito, llegando a las cumbres y buscando con ansiedad por donde bajar. Seis días de estar, casi todo el tiempo, con el alma apretada porque nada era claro, nada era evidente, porque ese mundo infinito de aristas nos sobrecogía. Porque lo que nos imaginamos hacerlo en tres días se alargó al doble y al ser así hubo que recortar las raciones de comida y de gas. Cinco noches durmiendo a la intemperie, bajo las estrellas, tiritando de frio, pero a cambio, disfrutando de atardeceres y amaneceres preciosos, hablando todas las noches con esa luna llena hermosa que bañó de plata a todas las montañas del sector del Mont Blanc. Cinco noches larguísimas que parecían no acabarse, porque el frio muerde la piel, porque la dureza de la roca hinca los huesos, porque da miedo ver el reloj y confirmar que te equivocaste, que no está por amanecer, que apenas han pasado un par de horas desde la última vez que lo viste. Amanecer, por seis ocasiones, amortiguados, entumidos por el frío, echándote el cuento de que has dormido “aunque sea unas horitas” cuando sabes que eso es una mentira bien barata y que lo que en realidad ha pasado es que te has tumbado al piso a esperar que pasen las horas. Amanecer seis veces y quedarte envuelto en la bolsa de nylon, quietito, a la espera de la voz del primer valiente que diga “bueno chicos hay que levantarse” y no sabes si aplaudir la idea o cabrearte. Seis días intensos jugando a ser funambulistas, en ese circo natural de roca; saltando de una cima a otra, sin red que nos proteja en el vacío.

Con el último trago de té volvimos a celebrar lo logrado. A la Carla y al Topo les brillaban los ojos, les relucía la cara, y en ese resplandor me veía yo mismo reflejado por la felicidad de ser capitán de mi propio barco, de este barco cuyas velas se despliegan por la ilusión de lograr mis sueños.

Cuando llegué al hotel me metí a la cama y enseguida me regodee en la tersura de las sábanas verde agua y el abrigo del edredón blanco que me envolvía, en la seguridad de que esa noche no tiritaría de frío, que no tendría la necesidad de darme masajes en las piernas y que al otro día, aunque no pudiera ver la belleza de un horizonte azul tan amplio, le habré regalado a mi cuerpo calor, abrigo y comodidad. Cosas tan simples como esas.

Para terminar les dejo unos breves datos técnicos, sencillos, para no complicarles, de manera que tengan una mejor idea de la escalada que acabamos de realizar.

La travesía de las Agujas de Chamonix, es un recorrido por una cresta de roca de, más o menos, dos kilómetros de distancia, que comienza en la arista de los Cósmicos y termina con la Aguja de Blaitiere. Todo este conjunto pertenece al área del Mont Blanc Está considerada por el célebre montañista Gastón Rebuffat entre las quince ascensiones más importantes de los Alpes franceses por varias razones: porque es un trayecto largo, comprometido, exigente y que después de haber recorrido el primer tercio las posibilidades de escapatoria son prácticamente nulas, o en helicóptero de rescate o terminando el trayecto. En la escalada se logran 9 cumbres, a saber: Aguja de Midi, Aguja de Plan, Diente de Cocodrilo, Diente de Caimán, Punta Chevalier, Punta Lepiney, Aguja del Loco, Aguja de Cissoux, Aguja de Blaitiere.

Para terminar

Nos hemos tomado unos días de descanso necesario por un lado y obligatorio por otro, porque el clima se ha dañado hasta el próximo martes. A partir de entonces realizaremos la que será nuestra última escalada, Dios mediante, en esta temporada en los Alpes Franceses.

ALGUNAS FOTOS DE LA TRAVESIA DE LAS AGUJAS DE CHAMONIX

1.- Desde Chamonix solo hay que alzar la mirada y uno se encuentra con las Agujas del  mismo nombre, esa sierra  que va de oriente a occidente recortando el cielo azul del sector del Mont Blanc.  La vía que recorrimos va desde la extrema derecha hasta el glaciar de nieve entre el último y penúltimo pico.


2.- Primer día de escalada: En uno de los pasajes verticales de la Arista de los Cósmicos


3.- Segundo día de escalada: Atravesando  una de las laderas de nieve que nos lleva de la Aguillie du Midi (Aguja del medio día)  a la Agullie du Plan (Aguja de Plan)

 

4.- Final del segundo día escalada: Al pie del XX pasamos nuestra primera noche a la intemperie, que en términos de montaña se conoce como ¨vivac¨.

5.- Tercer día de escalada: Escalando en el corredor de granito que nos llevo hasta la cima del Diente de Cocodrilo.

6.- A las escaladas verticales se sucedían unos rapeles (descenso por cuerdas) vertiginosos para pasar de una Aguja a otra. Inicio de un rapel en el Diente del Caimán


7.- Lo reducido del espacio que disponíamos para la reuniones de seguro se muestra en imágenes como esta. Me acordé de la canción Änother one bite the dust¨


7ª.-El Topito llegando a la cima de una de las múltiples Agujas, desde allí lanzaremos las cuerdas al vacío para realizar otro descenso y poder alcanzar la Aguja de al frente.



8.- En la cima de la Aguillie du Plan. Hacinados en la minúscula cumbre, extendemos el brazo y nos sacamos un autorretrato.



8ª.- Día cuatro: Una de las peores noches de montaña. La tormenta arrancó a las seis de la tarde y nos castigó hasta las seis de la mañana, éramos unos bultos envueltos en la humedad y tiritando de frío. Carla y Topo envueltos en sus bolsas de vivac.



8b.- Día cinco: Después de la tormenta viene la calma. Atravesando a horcajadas un afilada arista de roca. Carla me asegura y yo  ¨monto a caballo¨ para llegar hasta la última Aguja del recorrido.



9.- Día seis: En el penúltimo rapel que nos dejará en el Glaciar de Nantillons

 

Hasta tanto les dejamos un cálido abrazo quienes hacemos SOMOS ECUADOR

Afectuosamente,

Iván Vallejo Ricaurte

SOMOS ECUADOR

 

 

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